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12 de septiembre de 2011

Indecencias

Uno
El hombre piensa que es escritor. Por eso pasa encerrado en su habitáculo durante la mayor parte del día machucando el teclado de su ordenador. Apenas sale para comer o ir al baño. Dos veces al mes se ve obligado arriesgarse un poquito más y toma un taxi hasta la librería. En la librería lo conocen, le saludan, saben que es escritor –o que pretende serlo– y  le recomiendan varios libros que el hombre compra ensimismado. De regreso a su casa el hombre le pide al taxista que lo deje a varias manzanas antes porque le entraron ganas de caminar.
En el camino reflexiona sobre su situación. Piensa que la vida es demasiado corta para vivir confinado a cuatro paredes. Pero cuando llega a su casa y extrae los libros que ha comprado piensa que la vida es demasiado corta para leer y escribir todo cuanto anhela.

Dos
Escribir es todo. Escribir lo sana y lo enajena. Si no escribe, no come. Si no escribe, llora, se deprime, se le antoja la muerte. Escribir le produce placer, le aumenta la libido. Escribir lo libera de su cárcel de recuerdos. Escribir es un acto redentor, como miccionar después de aguantarse horas de horas, como vomitar, como un violento estornudo, como rascarse una pústula, como ir a la iglesia en Semana Santa, como no ir al colegio. Escribir es su vicio solitario.

Tres
Inicia un relato:
Todos los días me levanto con su aliento sobre mi pecho, sus muslos acariciando mi vientre. A veces sus manos me ahorcan dulcemente, a veces sus uñas me hieren la espalda. Pero siempre estamos vestidos. El algodón nos separa, nos inhibe, nos quita esa la complicidad que otorgaría friccionar la carne con la carne. Ella duerme con mi polo azul o –cuando éste está sucio– con mi polo blanco. Yo no sé cual me gusta más. El azul la hace parecer más delgada, le disminuyen esos bultitos de su cintura que la incomodan; pero el blanco consigue traslucir sus pezones a través de la tela volviéndose gris en esas zonas que me han sido prohibidas. La quiero. No sé si ella me querrá. Quizá no. Quizá simplemente le apetece dormir con un amigo para no sentirse sola, para escaparse momentáneamente de la compasión que le ocasionan sus pacientes…

Cuatro
La ama.
El amor lo hace menos canalla.
La extraña. Le escribe una carta.

Lima, 2011

31 de agosto de 2011

Aprovecho

Aprovecho el invierno para ir a la playa. Me emociona el silencio, la brisa en la cara, la tos, la gripe, las caras tristes de los pescadores y el olor a mingitorio, a vómito, a no sé qué mineral volcánico.
Aprovecho la lluvia para caminar; para caminar y, sobre todo, para mojarme la ropa.
Aprovecho los feriados para trabajar el doble y parecer el hombre ocupado que no soy.
Aprovecho el Facebook para molestar a los que no me caen bien, para desilusionar a las personas que me quieren, para que mis amigos –que en la vida real son muy pocos– se ahorren la fatiga de visitarme, de salir conmigo y de intentar entenderme.
No aprovecho bien el tiempo, siempre me sobra demasiado.
No me aprovecho de la buena situación de mis padres, he aprendido a vivir con mis propios recursos, a veces con austeridad y otras con opulencia.
No me aprovecho de mis amigos porque no los tengo. Y los dos o tres que, digamos, son mis amigos, jamás están conmigo. En consecuencia no podría aprovecharme de ellos.
Aprovecho ir a las librerías para memorizar el título de los libros que compraré en Amazonas.
Aprovecho mis cumpleaños para conseguir más libros originales –valga la aclaración– como regalo. A cada familiar bien avenido le corresponde uno o más títulos diferentes, según su status.
No me aprovecho de mi chica cuando salimos a pasear, más bien ella se aprovecha de mí.
A veces aprovecho una sala de cine para dormir.
Aprovecho la ciudad satélite de Santa Rosa para comer Tacacho con Cecina; la avenida Arica para devorar sándwiches de pavo; el parque Kennedy para una riquísima mazamorra sucia; y aprovecho los sanitarios de Larcomar para evacuar.
No me aprovecho de los ingenuos, todo lo contrario, los respeto y a algunos hasta los admiro. De ellos debe ser el reino de los cielos porque el reino de la tierra nos pertenece a los perversos.
Mi chica y yo aprovechamos el tiempo libre que compartimos para engordar con pizzas o pollos a la brasa.
Aprovecho el departamento de mi abuelo para escribir. Pero más lo aprovecho para leer, leer y leer. Y dormir.
Aprovecho las noches para escribir.
Aprovecho escribir para no llorar…

Lima, 2011

23 de agosto de 2011

Hoy te eché de menos...


Johana de mi corazón.

Hace frío. Tiemblo como una gelatina –así de blando estoy–. Me duelen los dedos, las piernas, la cabeza, los dientes. Acabo de leer un libro de poemas de Zurita y me acordé de escribirte. Tú sabes lo sensible que me pongo cuando leo buena poesía, la nostalgia me domina y me obliga a escribirte como si estuvieras lejos, lejos, inalcanzable…
Te escribo para no llorarte.
No más de diez minutos hacen desde que he salido de mi cuarto para sentarme frente al ordenador y empezar a teclear apurado pero con cariño. Te quiero. Te quiero con prisa, sobre todo, ahora, ahoritita, que te recuerdo con tanta violencia, con ganas de dañarte con un beso tosco, salvaje, mordedor. Rápido, rápido…
Te escribo para que, al menos así, me leas.
Me gustan tus orejas grandes, tu nariz afilada, tu frente. Tus hombros, tus hombros, tus hombros. Y también tu espalda. Me gusta el largo de tu cuello, los lunares de tu cara, las cicatrices de tu piel. Me gustan tus dedos –sobre todo tus pulgares que tienen formas de meñiques–, tus labios rojos como el color rojo y tus ojos marrones como el cedro. Pero más me gustan tus abrazos…
Te escribo para que no me odies.
Te escribo porque necesito sacarte de encima un ratito y, por fin, descansar de ti. Te escribo para que me quieras, para que me quieras, para que me quieras. Te escribo porque si no te escribo, me muero de pena, de cólera, de odio, de amor, de soledad...
Y te escribo porque, a pesar de todo, me soportas.

Tuyo, siempre, siempre, siempre.
A.

Lima, 2011

3 de junio de 2011

Mi vecinita


Nunca estuve enamorado de Shirley. Me gustaba, sí, y mucho. Sobre todo cuando aparecía en unos shorts jeans recontra chiquitos que dejaban libres sus muslos firmes y gruesos, quizá demasiado gruesos para una muchachita de quince años. Ojitos orientales, acaramelados. Labios carnosos como un melocotón maduro, boquita a medio cerrar donde apenas se asomaban los incisivos centrales. Sexy. Y sus politos AXXS (azulitos y amarillitos en su mayoría) que a pesar de ser notablemente holgados no podían cumplir la ominosa tarea de disimular esos pechos enormes que regían su delantera, que imponían ese típico respeto de aquí mando yo, carajo, o más bien: nosotras dos, y punto. Y ya sabían las demás, las otras chicas del barrio –pobres y desdichadas féminas– que para no terminar de pasar inadvertidas estaban obligadas a hacerse cofrades de mi vecinita, al fin y al cabo, Shirley era naturalmente y por naturaleza –que no es lo mismo– nuestra miss pechonalidad y ellas aspiraban más bien a una cirugía en el futuro. Así se hicieron de una manchita de chicas que se reunían todas las noches en el balcón de Shirley. A conversar, claro. A reírse, también. Ignorábamos de qué o de quién y francamente nos tenía sin cuidado con tal que Shirley sea feliz y siga haciendo vibrar, entre carcajada y carcajada, sus entrañables y redondeadas gemelas que invadieron inconfesables noches de ensueños. Ríete, Shirley, cuando estés conmigo.
Yo gozaba de una ventaja respecto a los demás chicos: era el vecino next to her. Por eso, ni corto ni perezoso, le saqué el máximo provecho al asunto motivado por retorcidos pensamientos que hoy hasta me avergüenzan un poco. Recuerdo que estudiaba las paredes, los techos, las esquinas más recónditas de la casa, los lugares más asequibles para acceder visualmente a la suya, metro a metro, buscando los puntos flojos y secretos donde podían ubicarse mis pupilas dilatadas por la excitación y la adrenalina, donde daba rienda suelta a mis apetitos lujuriosos. Reclamos entendibles de la libido. El primer orgasmo individual y sin duda el más lamentable tuvo lugar frente a una ventanita mal cerrada donde apenas divisaba a Shirley o su madre –imposible precisar– en topless. Descargué mi derrota sobre el suelo, como Onán. Mi vida entera por volver verte vecinita, solo por verte. Me convertí sin saberlo todavía en una suerte de voyerista itinerante pero triste. Triste. En eso nomás dediqué dos años de mi vida (en acumular tristezas), de una adolescencia solitaria, hasta que nuestras casas un día tomaron distintas formas y mis trabajos de espionaje cesaron. Santo remedio. Afortunadamente encontré un refugio en la lectura, un placer acaso comparable al sexo solitario. Con el tiempo ya sólo veía de vez en cuando a Shirley llegando uniformada de un instituto de secretariado de Miraflores donde empezó a estudiar no bien terminó la secundaria. Y yo, además de leer, comencé a escribir.

Después de varios años he vuelto a la casa de mis padres. Tengo pensado vivir aquí por una temporada no mayor de seis meses mientras escribo una novela corta. Ya voy tres. En ningún momento –y eso que paso todos los días por su casa– apareció Shirley en mi mente en la intensidad y el desasosiego de hoy, miércoles, que proso (por llamarlo de alguna manera a esto que escribo).
Hace dos semanas que vengo escuchado algunos chismes sin confirmar acerca de mi vecinita. Pero no pude verla sino hasta anteayer. Apareció en su balcón con unas tetas tristes. Además, ella misma estaba flácida de cuerpo entero, como una nalga vieja y enorme. Mentiría si dijera que no la reconocí, era ella. Enorme, sí, pero no podía ser otra persona. Yo te conservo fresca como la mañana, vecinita, en mi cabezota. De pronto me miró a los ojos por encima de sus anteojos, inescrutable. Para mi propia sorpresa: titubeé, como cuando hace varios años me descubrió husmeando desde la azotea a su habitación y ella acababa de recostarse con su pijama de tiritas que rozaban con las justas sus muslos. Estiré mis labios intentando hacer una mueca parecida a una sonrisa. Una sonrisa espantosa. Sin embargo, Shirley dejó de mirarme sin chistar, como quien miró a un perro cagar y listo, nada más que ver. O como si yo no hubiese estado ahí. ¡Eso es!, nunca estuve en ningún lado, y menos para ella. La mujeraza del balcón se acomodó los anteojos que en otro tiempo me hicieron fantasearla con su minifalda negra de secretaria obsequiosa con el jefe de turno. A ver si me recoges el lapicero, muñequita. No, no te olvides de cruzar la piernas al sentarte. ¿Y si las abres mejor?
Hoy que la volví a ver confirmé el rumor del barrio entero. Mi vecinita no sólo está embarazada, ha engordado notablemente; pero yo la sigo encontrando linda y hasta siento que la quiero tantito más que ayer. Ojitos orientales, ojazos naturales. Madrecita naturaleza, mamacita rica de indecorosos bustos.

Lima, 2011

8 de mayo de 2011

Para que me quieras...


Uno
Es media noche y no merezco probar un bocado de estas galletitas soda con mantequilla. Pero igual me las trago para aliviar mi melancolía. Ya hice de todo para aquietar estos perversos deseos de llorar. Mi síndrome de escribidor pusilánime. Todo el día me la pasé mirando una estúpida hoja vacía que colabora con mis críticos más respetables: Ese brother no escribe, de vez en cuando nomás le sale algo medianamente digno.

Dos
Un recuerdo entrañable me asalta la memoria, Dan, mi querido hermanito putativo, enseñándome los avances de su tragedia al sacarse la camisa, botón tras botón, a la luz del cansado foco de cien watts. De repente su barriga aparece maravillosa, enorme, con tres surcos horizontales que la atraviesan. Mira, me dice dándose la vuelta, dejándome no sólo ver sino tocar dos bultos desiguales a la altura del omóplato. Dan me dice con un gesto adusto que se trata de nosotros, dos bolas de grasa que pueden ir en aumento si no son quirúrgicamente extirpadas. Nada serio, no pongas esa cara de poto. Saqué un cuaderno rojo de la mochila azul que me acababan de regalar por mi cumpleaños. Rojo. Azul. Los colores parecían teñirse de amarillo en un instante como fotografías ajadas. Dan miraba con afecto mi sobreactuada seriedad mientras volvía a abotonarse la camisa. Para ti. Mi diario, el primer diario se fue con Dan aquella última vez que estuvimos juntos. Se lo entregué allí como una prueba de fidelidad. Dos bultos, eso fuimos. Dos malignas inserciones. Dos tremebundos cúmulos de grasa que convivirían en su cuerpo hasta que la muerte los separe, porque mi amigo no tenía cómo financiar ninguna operación. Pero de eso estaba prohibido hablar en una despedida, así lo entendimos. Gracias, hermano. Voy a leerlo y te diré qué me pareció. Tampoco volveríamos a hablar de nada, pero para qué referirse a esas simplezas. Por favor, no me olvides, fueron sus palabras de despedida. Y yo he tratado de ser leal a esa promesa.

Tres
El blog es la voz. El blog me puede salvar. Como cada vez son menos las personas que me leen, a lo mejor el blog puede aproximar a ciertos lectores españoles y argentinos –que son blogueros por excelencia, que en otrora me leían– a mis desvaríos prosaicos. Admito que resulta más o menos humillante reconocer que justo cuando en el Perú se lee más, a uno lo leen menos. Por lo tanto, como me resisto humildemente a dejar de escribir, voy a cambiarle de look al blog lo antes posible a fin de cautivar a algún despistado internauta. Antes de perder a más lectores que, con toda seguridad, están comodísimos reptando frente a un escritor inmejorable como Cueto, Bryce o Thays y juramentando a la luz de aquel gran descubrimiento –a saber: la riquísima prosa de Cueto, Bryce o Thays– que a Anthony hay que hacerle la ley del hielo por los siglos de los siglos. Amén. Pero no, compadre. Yo sigo pa’ lante, cuñao. Evocando aquella casta incaica de hombres tercos sobre la cual Chocano alguna vez se refirió, me dispongo a morir, si hace falta, en el camino tragicómico de la literatura. Noigo, Noigo, soy de palo. A ver si algún día, si por casualidad me vuelves a leer, ya no importes tanto como ahora, querido lector, y te confundas en una muchedumbre de sinvergüenzas que no tendrán la oportunidad que tú desdeñaste: de ser mi amigo. Que quede claro: no estoy desesperado, soy triste. No estoy triste, soy triste. Soy genéticamente triste. Algunos heredan fortuna, mi herencia fueron las penas. Escribir me libera de esta cárcel de aflicción. Escribo para que me recuerdes. Para que, con un poco de fortuna, hasta me quieras. 

Cuatro
Jueves cinco de mayo, dos y media de la madrugada. Tengo que dormir, pero me urge terminar de escribir un relato sobre el distrito de La Victoria que me tiene varios días investigando. Tengo que escribir cosas bonitas del distrito. Odio tener que escribir algo moderadamente bueno de un distrito donde hasta ahora todos mis entrevistados han sido, por lo menos, asaltados dos veces. Apenas he avanzado dos párrafos y ya quiero dejarlo; pero no puedo, necesito el dinero que recibiré por él para no andar ajustado la semana que viene cuando por fin regrese a Coquimbo. Para comprarte chocolates, mami, en tu día. Son los gajes del oficio de un negro literario: te pagan para que no existas, por eso mismo te pagan más o menos bien. Te pagan como para que no te quejes de tu invisibilidad –imbecilidad–, a sabiendas que en el Perú quejarse es un deporte nacional y los primeros en hacerlo son los niños y los escritores.
Tres de la mañana y tengo unas ganas enormes de llorar. Me aproximo a la ventana y compruebo lo que más temía: el cielo, señores, es azul marino.

Lima, 2011