8 de mayo de 2011

Para que no me olvides...


Uno
Es media noche y no merezco probar un bocado de estas galletitas soda con mantequilla. Pero igual me las trago para aliviar mi melancolía. Ya hice de todo para aquietar estos perversos deseos de llorar. Mi síndrome de escribidor pusilánime. Todo el día me la pasé mirando una estúpida hoja vacía que colabora con mis críticos más respetables: Ese brother no escribe, de vez en cuando nomás le sale algo medianamente digno.

Dos
Un recuerdo entrañable me asalta la memoria, Dan, mi querido hermanito putativo, enseñándome los avances de su tragedia al sacarse la camisa, botón tras botón, a la luz del cansado foco de cien watts. De repente su barriga aparece maravillosa, enorme, con tres surcos horizontales que la atraviesan. Mira, me dice dándose la vuelta, dejándome no sólo ver sino tocar dos bultos desiguales a la altura del omóplato. Dan me dice con un gesto adusto que se trata de nosotros, dos bolas de grasa que pueden ir en aumento si no son quirúrgicamente extirpadas. Nada serio, no pongas esa cara de poto. Saqué un cuaderno rojo de la mochila azul que me acababan de regalar por mi cumpleaños. Rojo. Azul. Los colores parecían teñirse de amarillo en un instante como fotografías ajadas. Dan miraba con afecto mi sobreactuada seriedad mientras volvía a abotonarse la camisa. Para ti. Mi diario, el primer diario se fue con Dan aquella última vez que estuvimos juntos. Se lo entregué allí como una prueba de fidelidad. Dos bultos, eso fuimos. Dos malignas inserciones. Dos tremebundos cúmulos de grasa que convivirían en su cuerpo hasta que la muerte los separe, porque mi amigo no tenía cómo financiar ninguna operación. Pero de eso estaba prohibido hablar en una despedida, así lo entendimos. Gracias, hermano. Voy a leerlo y te diré qué me pareció. Tampoco volveríamos a hablar de nada, pero para qué referirse a esas simplezas. Por favor, no me olvides, fueron sus palabras de despedida. Y yo he tratado de ser leal a esa promesa.

Tres
El blog es la voz. El blog me puede salvar. Como cada vez son menos las personas que me leen, a lo mejor el blog puede aproximar a ciertos lectores españoles y argentinos –que son blogueros por excelencia, que en otrora me leían– a mis desvaríos prosaicos. Admito que resulta más o menos humillante reconocer que justo cuando en el Perú se lee más, a uno lo leen menos. Por lo tanto, como me resisto humildemente a dejar de escribir, voy a cambiarle de look al blog lo antes posible a fin de cautivar a algún despistado internauta. Antes de perder a más lectores que, con toda seguridad, están comodísimos reptando frente a un escritor inmejorable como Cueto, Bryce o Thays y juramentando a la luz de aquel gran descubrimiento –a saber: la riquísima prosa de Cueto, Bryce o Thays– que a Anthony hay que hacerle la ley del hielo por los siglos de los siglos. Amén. Pero no, compadre. Yo sigo pa’ lante, cuñao. Evocando aquella casta incaica de hombres tercos sobre la cual Chocano alguna vez se refirió, me dispongo a morir, si hace falta, en el camino tragicómico de la literatura. Noigo, Noigo, soy de palo. A ver si algún día, si por casualidad me vuelves a leer, ya no importes tanto como ahora, querido lector, y te confundas en una muchedumbre de sinvergüenzas que no tendrán la oportunidad que tú desdeñaste: de ser mi amigo. Que quede claro: no estoy desesperado, soy triste. No estoy triste, soy triste. Soy genéticamente triste. Algunos heredan fortuna, mi herencia fueron las penas. Escribir me libera de esta cárcel de aflicción. Escribo para que me recuerdes. Para que, con un poco de fortuna, hasta me quieras. Para que no me olvides. Por favor, no me olvides.

Cuatro
Jueves cinco de mayo, dos y media de la madrugada. Tengo que dormir, pero me urge terminar de escribir un relato sobre el distrito de La Victoria que me tiene varios días investigando. Tengo que escribir cosas bonitas del distrito. Odio tener que escribir algo moderadamente bueno de un distrito donde hasta ahora todos mis entrevistados han sido, por lo menos, asaltados dos veces. Apenas he avanzado dos párrafos y ya quiero dejarlo; pero no puedo, necesito el dinero que recibiré por él para no andar ajustado la semana que viene cuando por fin regrese a Coquimbo. Para comprarte chocolates, mami, en tu día. Son los gajes del oficio de un negro literario: te pagan para que no existas, por eso mismo te pagan más o menos bien. Te pagan como para que no te quejes de tu invisibilidad –imbecilidad–, a sabiendas que en el Perú quejarse es un deporte nacional y los primeros en hacerlo son los niños y los escritores.
Tres de la mañana y tengo unas ganas enormes de llorar. Me aproximo a la ventana y compruebo lo que más temía: el cielo, señores, es azul marino.

Lima, 2011

20 comentarios:

  1. Acojonante! Sigue escribiendo escribidor

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  2. pjaaaa... escribes bien. me encanta.

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  3. Escribes bien, sigue adelante... me encanta.

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  4. Rico leerte... salu2

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  5. pta weon... no te olvids de los causas q te leemos...

    :S me encanta como escribes...

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  6. Escribir es una forma de desligarte de la realidad. adelante.

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  7. El cielo inspira a cualquier escribirdor. Felicidades.

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  8. Cojonudo! exitos ps vos!

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  9. Te leemos seguido, brooo, hasta en el fb...

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  10. SOS GENIAL AL ESCRIBIR.

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  11. Bienvenido de nuevo a blogger.

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  12. me gusta el nuevo look de tu blog.

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  13. soy Dan, waoo!!! aún vivo en tus memorias hermano. Me has sorprendido. Felicidades

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