31 de agosto de 2011

Aprovecho

Aprovecho el invierno para ir a la playa. Me emociona el silencio, la brisa en la cara, la tos, la gripe, las caras tristes de los pescadores y el olor a mingitorio, a vómito, a no sé qué mineral volcánico.
Aprovecho la lluvia para caminar; para caminar y, sobre todo, para mojarme la ropa.
Aprovecho los feriados para trabajar el doble y parecer el hombre ocupado que no soy.
Aprovecho el Facebook para molestar a los que no me caen bien, para desilusionar a las personas que me quieren, para que mis amigos –que en la vida real son muy pocos– se ahorren la fatiga de visitarme, de salir conmigo y de intentar entenderme.
No aprovecho bien el tiempo, siempre me sobra demasiado.
No me aprovecho de la buena situación de mis padres, he aprendido a vivir con mis propios recursos, a veces con austeridad y otras con opulencia.
No me aprovecho de mis amigos porque no los tengo. Y los dos o tres que, digamos, son mis amigos, jamás están conmigo. En consecuencia no podría aprovecharme de ellos.
Aprovecho ir a las librerías para memorizar el título de los libros que compraré en Amazonas.
Aprovecho mis cumpleaños para conseguir más libros originales –valga la aclaración– como regalo. A cada familiar bien avenido le corresponde uno o más títulos diferentes, según su status.
No me aprovecho de mi chica cuando salimos a pasear, más bien ella se aprovecha de mí.
A veces aprovecho una sala de cine para dormir.
Aprovecho la ciudad satélite de Santa Rosa para comer Tacacho con Cecina; la avenida Arica para devorar sándwiches de pavo; el parque Kennedy para una riquísima mazamorra sucia; y aprovecho los sanitarios de Larcomar para evacuar.
No me aprovecho de los ingenuos, todo lo contrario, los respeto y a algunos hasta los admiro. De ellos debe ser el reino de los cielos porque el reino de la tierra nos pertenece a los perversos.
Mi chica y yo aprovechamos el tiempo libre que compartimos para engordar con pizzas o pollos a la brasa.
Aprovecho el departamento de mi abuelo para escribir. Pero más lo aprovecho para leer, leer y leer. Y dormir.
Aprovecho las noches para escribir.
Aprovecho escribir para no llorar…

Lima, 2011

23 de agosto de 2011

Hoy te eché de menos...


Johana de mi corazón.

Hace frío. Tiemblo como una gelatina –así de blando estoy–. Me duelen los dedos, las piernas, la cabeza, los dientes. Acabo de leer un libro de poemas de Zurita y me acordé de escribirte. Tú sabes lo sensible que me pongo cuando leo buena poesía, la nostalgia me domina y me obliga a escribirte como si estuvieras lejos, lejos, inalcanzable…
Te escribo para no llorarte.
No más de diez minutos hacen desde que he salido de mi cuarto para sentarme frente al ordenador y empezar a teclear apurado pero con cariño. Te quiero. Te quiero con prisa, sobre todo, ahora, ahoritita, que te recuerdo con tanta violencia, con ganas de dañarte con un beso tosco, salvaje, mordedor. Rápido, rápido…
Te escribo para que, al menos así, me leas.
Me gustan tus orejas grandes, tu nariz afilada, tu frente. Tus hombros, tus hombros, tus hombros. Y también tu espalda. Me gusta el largo de tu cuello, los lunares de tu cara, las cicatrices de tu piel. Me gustan tus dedos –sobre todo tus pulgares que tienen formas de meñiques–, tus labios rojos como el color rojo y tus ojos marrones como el cedro. Pero más me gustan tus abrazos…
Te escribo para que no me odies.
Te escribo porque necesito sacarte de encima un ratito y, por fin, descansar de ti. Te escribo para que me quieras, para que me quieras, para que me quieras. Te escribo porque si no te escribo, me muero de pena, de cólera, de odio, de amor, de soledad...
Y te escribo porque, a pesar de todo, me soportas.

Tuyo, siempre, siempre, siempre.
A.

Lima, 2011

3 de agosto de 2011

Mónica

–¡No mires la tele de tan cerca! –irrumpo de pronto en la habitación y el cuerpecito de Mónica da un salto.
No quise asustarla…
–¿Por qué? –me pregunta sin volverse hacia mí.
–Se te van a secar los ojos.
–¿Y ya no voy a llorar? –vuelve a preguntar mi hermana sin deslizar su cuello a un costado, siquiera.
–¿Cómo? ¿Qué dices?
–Si se me secan los ojos, ya no voy a llorar, digo –razona–. Eso nomás.
–¡Aléjate de la televisión o lo apago!
–Ya.
Le pesa el cuerpo, se nota, aunque no es obesa ni alta. Es flaca, muy flaca. Incluso cuando se saca el polo puedo verle las vértebras que sobresalen como una cordillera de carne.
–¿Eres cabro, Pedro?
–¡Qué hablas!
–Si eres cabro, te pregunté.
–¿Por qué?
–Ayer la Yola me dijo que su hermano es cabro porque para con puras chicas, no se le conoce amigos hombres... Y la otra vez te vi conversando con las chicas del costado.
–No soy cabro. Y Gerson tampoco, creo.
–Ah ya.
–¿Qué más te dice Yola?
–Nada más. Sólo eso.
–A partir de hoy, vas a ver a Yola sólo los fines de semana, ¿entendiste?
Pero Mónica no me responde; no bien volvió a acomodarse, la televisión acaparó su atención. Me echo a su lado y nos tapamos con una manta de colores que la abuela Elsa nos regaló cuando vino de Jauja. A mí, además, me trajo un pellejo de carnero para ponerlo debajo de mis pies para cuando me siente a escribir.
–Tengo hambre.
–Hambre, hambre, hambre… Siempre tienes hambre –la rezongo.
Los ojos de mi hermana no tardan en mojarse y yo presiento que sus lágrimas desbordarán en cualquier momento. Y lo hacen: caen dos gotas que le deforman la cara. Llora secándose los ojos rápidamente, para no armar un escándalo.
–No llores.
–Pero es que tengo hambre.
–Ayer compré atún, ¿quieres?, o te compro una galleta en la vecina.
–Una galleta, pero que no sea Soda ni Vainilla.
Me levanto de la cama lentamente, pugnaba por vencer mi flojera, mi eterna necesidad de descansar. Mónica ha dejado de llorar y ahora está sonriendo. Sonriéndole a la televisión, claro. A mí nunca me sonríe, conmigo siempre se queja, siempre llora, como si yo fuera la razón de sus melancolías.
Por eso, a lo mejor, para retribuir las penas que le provoco, siempre le estoy comprando alguna cosa para alegrarla aunque sea sólo un ratito. Un ratito es suficiente cuando se quiere a alguien. Un ratito y nada más.

Lima, 2011

13 de julio de 2011

2004


Uno
Hilda se calatea, se deja hacer unas fotos en braguitas. Hilda usa unas bragas de señora que parecen más bien unos culotes. Hilda no es una señora, pero tampoco es joven, tiene la edad para ser señora pero no lo es y no le importa. O eso nos hace creer posando para la cámara como una conejita de playboy. La cámara usa rollo, todavía no son populares esas cámaras digitales como las que tiene el director, de dos megapíxeles. Hilda sonríe a la cámara. Piensa: todavía tengo lo mío en su lugar. Y también intenta convencerse a sí misma que las chicas no pueden ser tan malvadas como para difundir esas fotos cuando finalmente las revelen. Se equivoca. Las chicas sí son malvadas. Y revelan las fotos no bien llegan a Lima. Nos enseñan las fotos —que al rato circularán como contrabando por el salón—, pero antes nos hacen prometer no contárselo a nadie. Prometemos. Mentimos, por supuesto, porque no pararemos de hablar de las braguitas de Hilda durante meses. (Y algunos hasta escribiremos de ellas en el futuro.) Pero Hilda no sabe nada, no tiene por qué enterarse. Camina entre las aulas sin roche. Nos saluda alegremente, nos recuerda con simpatía y se pregunta adónde fueron a parar esas fotos tan sexys que se hizo cuando acompañó a los chicos de viaje de promoción.



Dos
Consuelo grita, grita, grita. Es brigadier general y no la queremos mucho, pero fingimos que sí. La abrazamos de cuando en cuando practicando exitosamente la hipocresía. Todos los profesores la quieren, ven en ella a una alumna ejemplar, una alumna excepcionalmente madura, excepcionalmente bonita, además. Y ella se lo ha creído y se esfuerza sobremanera por serlo. Pero no lo es. Llegó por fin el viaje de promoción. De repente nos hayamos conviviendo con ella más de una semana. Hemos estado en Cusco, Tacna e Ica. Y hemos descubierto que no grita tanto como en los salones. De pronto, la queremos —y mucho, mucho—, es una mujer sensible e inteligente que incluso puede cometer algunas travesuras subiditas de tono. Y las comete. Y todos la seguimos porque ella es una líder innata. Ahora todos juntos estamos viendo porno en un cuarto de un hotel de Tacna. Los chicos tenemos nuestros sexos enhiestos. Las chicas se ríen. El profesor, sin embargo, está durmiendo, pensando que esta noche, bajo la tutela de Consuelo, no podemos hacer nada excesivo. Se equivoca. Pero todos adoramos a Consuelo.

Tres
Antonio y yo hacemos caricaturas de los profesores y le ponemos letritas alrededor improvisando una tira cómica. Nos burlamos de ellos con afecto, pero sin mucho respeto. Los queremos a nuestra manera.
A veces también nos burlamos de nuestro entrañable amigo Jorge, el charapa, y su repetitivo: préstame tu liqui de hachazo. A Jorge, no obstante, nunca lo hemos dibujado porque no hace falta.

Cuatro
Yohana es bonita. Es la más bonita de la promoción. Es china. Se viste como las muñecas de antaño: zapatos de charol, medias dobladas por debajo de la rodilla y una falda con montones de pliegues. No le gusta que la abracen. Cuando la abrazan gira sobre su propio eje hasta que dejamos de hacerlo. Yo estoy enamorado de ella, pero no le digo nada. Todavía. Tiempo al tiempo.



Cinco
Alexandra, la chata, está triste. Nuestra mamiga Dalia parece que está embarazada y ya no vendrá a clases.



Seis
Farfán no sabe de historia pero es profesor de historia; no sabe de lógica pero es profesor de lógica; no sabe de geografía pero es profesor de geografía; no obstante, sí sabe de psicología —porque es psicólogo— pero no la enseña —ni la ejerce— porque tiene demasiados cursos qué enseñar. Farfán siempre empieza las clases elevando una oración. Para orar es imperativo cerrar los ojos para concentrarse. Cuando yo cierro los ojos no consigo concentrarme sino que pienso en mi profesora de inglés del ICPNA y en sus pantalones, por eso me quedo con los ojos abiertos a fin de evitar una bochornosa erección. Noto que Farfán tampoco cierra los ojos. Finge cerrarlos pero puedo ver sus pupilas a través de las comisuras de sus ojos. Caigo en la cuenta que de esa manera nos espía. Terminamos de orar. Farfán me llama a su escritorio, me exhorta a cerrar los ojos para la próxima vez que oremos. No sé si contarle el asunto de mi profesora del ICPNA y de cómo se ciñen sus pantalones a la altura de sus posaderas. Decido no hacerlo. Al fin y al cabo, no me gustaría molestar a un profesor tan genial como él. Todos lo queremos. Lo queremos porque se ha convertido en nuestro amigo y porque nos aprueba todas esas complicadas materias que él también desconoce.



Siete
Jean y Danielito son amigos —casi, casi hermanos—, se quieren, se besan, salen juntos, se tocan el trasero delicadamente.

Lima, 2011

3 de junio de 2011

Mi vecinita


Nunca estuve enamorado de Shirley. Me gustaba, sí, y mucho. Sobre todo cuando aparecía en unos shorts jeans recontra chiquitos que dejaban libres sus muslos firmes y gruesos, quizá demasiado gruesos para una muchachita de quince años. Ojitos orientales, acaramelados. Labios carnosos como un melocotón maduro, boquita a medio cerrar donde apenas se asomaban los incisivos centrales. Sexy. Y sus politos AXXS (azulitos y amarillitos en su mayoría) que a pesar de ser notablemente holgados no podían cumplir la ominosa tarea de disimular esos pechos enormes que regían su delantera, que imponían ese típico respeto de aquí mando yo, carajo, o más bien: nosotras dos, y punto. Y ya sabían las demás, las otras chicas del barrio –pobres y desdichadas féminas– que para no terminar de pasar inadvertidas estaban obligadas a hacerse cofrades de mi vecinita, al fin y al cabo, Shirley era naturalmente y por naturaleza –que no es lo mismo– nuestra miss pechonalidad y ellas aspiraban más bien a una cirugía en el futuro. Así se hicieron de una manchita de chicas que se reunían todas las noches en el balcón de Shirley. A conversar, claro. A reírse, también. Ignorábamos de qué o de quién y francamente nos tenía sin cuidado con tal que Shirley sea feliz y siga haciendo vibrar, entre carcajada y carcajada, sus entrañables y redondeadas gemelas que invadieron inconfesables noches de ensueños. Ríete, Shirley, cuando estés conmigo.
Yo gozaba de una ventaja respecto a los demás chicos: era el vecino next to her. Por eso, ni corto ni perezoso, le saqué el máximo provecho al asunto motivado por retorcidos pensamientos que hoy hasta me avergüenzan un poco. Recuerdo que estudiaba las paredes, los techos, las esquinas más recónditas de la casa, los lugares más asequibles para acceder visualmente a la suya, metro a metro, buscando los puntos flojos y secretos donde podían ubicarse mis pupilas dilatadas por la excitación y la adrenalina, donde daba rienda suelta a mis apetitos lujuriosos. Reclamos entendibles de la libido. El primer orgasmo individual y sin duda el más lamentable tuvo lugar frente a una ventanita mal cerrada donde apenas divisaba a Shirley o su madre –imposible precisar– en topless. Descargué mi derrota sobre el suelo, como Onán. Mi vida entera por volver verte vecinita, solo por verte. Me convertí sin saberlo todavía en una suerte de voyerista itinerante pero triste. Triste. En eso nomás dediqué dos años de mi vida (en acumular tristezas), de una adolescencia solitaria, hasta que nuestras casas un día tomaron distintas formas y mis trabajos de espionaje cesaron. Santo remedio. Afortunadamente encontré un refugio en la lectura, un placer acaso comparable al sexo solitario. Con el tiempo ya sólo veía de vez en cuando a Shirley llegando uniformada de un instituto de secretariado de Miraflores donde empezó a estudiar no bien terminó la secundaria. Y yo, además de leer, comencé a escribir.

Después de varios años he vuelto a la casa de mis padres. Tengo pensado vivir aquí por una temporada no mayor de seis meses mientras escribo una novela corta. Ya voy tres. En ningún momento –y eso que paso todos los días por su casa– apareció Shirley en mi mente en la intensidad y el desasosiego de hoy, miércoles, que proso (por llamarlo de alguna manera a esto que escribo).
Hace dos semanas que vengo escuchado algunos chismes sin confirmar acerca de mi vecinita. Pero no pude verla sino hasta anteayer. Apareció en su balcón con unas tetas tristes. Además, ella misma estaba flácida de cuerpo entero, como una nalga vieja y enorme. Mentiría si dijera que no la reconocí, era ella. Enorme, sí, pero no podía ser otra persona. Yo te conservo fresca como la mañana, vecinita, en mi cabezota. De pronto me miró a los ojos por encima de sus anteojos, inescrutable. Para mi propia sorpresa: titubeé, como cuando hace varios años me descubrió husmeando desde la azotea a su habitación y ella acababa de recostarse con su pijama de tiritas que rozaban con las justas sus muslos. Estiré mis labios intentando hacer una mueca parecida a una sonrisa. Una sonrisa espantosa. Sin embargo, Shirley dejó de mirarme sin chistar, como quien miró a un perro cagar y listo, nada más que ver. O como si yo no hubiese estado ahí. ¡Eso es!, nunca estuve en ningún lado, y menos para ella. La mujeraza del balcón se acomodó los anteojos que en otro tiempo me hicieron fantasearla con su minifalda negra de secretaria obsequiosa con el jefe de turno. A ver si me recoges el lapicero, muñequita. No, no te olvides de cruzar la piernas al sentarte. ¿Y si las abres mejor?
Hoy que la volví a ver confirmé el rumor del barrio entero. Mi vecinita no sólo está embarazada, ha engordado notablemente; pero yo la sigo encontrando linda y hasta siento que la quiero tantito más que ayer. Ojitos orientales, ojazos naturales. Madrecita naturaleza, mamacita rica de indecorosos bustos.

Lima, 2011

8 de mayo de 2011

Para que me quieras...


Uno
Es media noche y no merezco probar un bocado de estas galletitas soda con mantequilla. Pero igual me las trago para aliviar mi melancolía. Ya hice de todo para aquietar estos perversos deseos de llorar. Mi síndrome de escribidor pusilánime. Todo el día me la pasé mirando una estúpida hoja vacía que colabora con mis críticos más respetables: Ese brother no escribe, de vez en cuando nomás le sale algo medianamente digno.

Dos
Un recuerdo entrañable me asalta la memoria, Dan, mi querido hermanito putativo, enseñándome los avances de su tragedia al sacarse la camisa, botón tras botón, a la luz del cansado foco de cien watts. De repente su barriga aparece maravillosa, enorme, con tres surcos horizontales que la atraviesan. Mira, me dice dándose la vuelta, dejándome no sólo ver sino tocar dos bultos desiguales a la altura del omóplato. Dan me dice con un gesto adusto que se trata de nosotros, dos bolas de grasa que pueden ir en aumento si no son quirúrgicamente extirpadas. Nada serio, no pongas esa cara de poto. Saqué un cuaderno rojo de la mochila azul que me acababan de regalar por mi cumpleaños. Rojo. Azul. Los colores parecían teñirse de amarillo en un instante como fotografías ajadas. Dan miraba con afecto mi sobreactuada seriedad mientras volvía a abotonarse la camisa. Para ti. Mi diario, el primer diario se fue con Dan aquella última vez que estuvimos juntos. Se lo entregué allí como una prueba de fidelidad. Dos bultos, eso fuimos. Dos malignas inserciones. Dos tremebundos cúmulos de grasa que convivirían en su cuerpo hasta que la muerte los separe, porque mi amigo no tenía cómo financiar ninguna operación. Pero de eso estaba prohibido hablar en una despedida, así lo entendimos. Gracias, hermano. Voy a leerlo y te diré qué me pareció. Tampoco volveríamos a hablar de nada, pero para qué referirse a esas simplezas. Por favor, no me olvides, fueron sus palabras de despedida. Y yo he tratado de ser leal a esa promesa.

Tres
El blog es la voz. El blog me puede salvar. Como cada vez son menos las personas que me leen, a lo mejor el blog puede aproximar a ciertos lectores españoles y argentinos –que son blogueros por excelencia, que en otrora me leían– a mis desvaríos prosaicos. Admito que resulta más o menos humillante reconocer que justo cuando en el Perú se lee más, a uno lo leen menos. Por lo tanto, como me resisto humildemente a dejar de escribir, voy a cambiarle de look al blog lo antes posible a fin de cautivar a algún despistado internauta. Antes de perder a más lectores que, con toda seguridad, están comodísimos reptando frente a un escritor inmejorable como Cueto, Bryce o Thays y juramentando a la luz de aquel gran descubrimiento –a saber: la riquísima prosa de Cueto, Bryce o Thays– que a Anthony hay que hacerle la ley del hielo por los siglos de los siglos. Amén. Pero no, compadre. Yo sigo pa’ lante, cuñao. Evocando aquella casta incaica de hombres tercos sobre la cual Chocano alguna vez se refirió, me dispongo a morir, si hace falta, en el camino tragicómico de la literatura. Noigo, Noigo, soy de palo. A ver si algún día, si por casualidad me vuelves a leer, ya no importes tanto como ahora, querido lector, y te confundas en una muchedumbre de sinvergüenzas que no tendrán la oportunidad que tú desdeñaste: de ser mi amigo. Que quede claro: no estoy desesperado, soy triste. No estoy triste, soy triste. Soy genéticamente triste. Algunos heredan fortuna, mi herencia fueron las penas. Escribir me libera de esta cárcel de aflicción. Escribo para que me recuerdes. Para que, con un poco de fortuna, hasta me quieras. 

Cuatro
Jueves cinco de mayo, dos y media de la madrugada. Tengo que dormir, pero me urge terminar de escribir un relato sobre el distrito de La Victoria que me tiene varios días investigando. Tengo que escribir cosas bonitas del distrito. Odio tener que escribir algo moderadamente bueno de un distrito donde hasta ahora todos mis entrevistados han sido, por lo menos, asaltados dos veces. Apenas he avanzado dos párrafos y ya quiero dejarlo; pero no puedo, necesito el dinero que recibiré por él para no andar ajustado la semana que viene cuando por fin regrese a Coquimbo. Para comprarte chocolates, mami, en tu día. Son los gajes del oficio de un negro literario: te pagan para que no existas, por eso mismo te pagan más o menos bien. Te pagan como para que no te quejes de tu invisibilidad –imbecilidad–, a sabiendas que en el Perú quejarse es un deporte nacional y los primeros en hacerlo son los niños y los escritores.
Tres de la mañana y tengo unas ganas enormes de llorar. Me aproximo a la ventana y compruebo lo que más temía: el cielo, señores, es azul marino.

Lima, 2011

19 de diciembre de 2010

Perpetuo

Perpetuo el silencio de los que se van. Perpetuo y triste. Las sombras también se vuelven perpetuas como la luz, su antípoda. Cavilar es un acto sublime. Cavilar perpetuamente en las sombras, en silencio, antes de irse.
Y al gemir el mutismo desapareció.