27 de febrero de 2012

Relatos


Estoy que me muevo entre dos mundos que son dos relatos. El primero empieza con un suicidio en un barrio de Chaclacayo, un escritor se vuela los sesos de un balazo. El segundo acontece en la ciudad de Lancaster, en un hotelito alejado del centro, otro escritor se vuela los sesos de un balazo. Seguro creerán que soy una mierda como escritor, y no voy a defenderme ante tal acusación. De hecho, hasta la respaldaría si no fuera porque a partir de ese suceso en común entre ambas historias surgen dos perspectivas de la existencia y la sociedad nunca antes contempladas por la Literatura mundial. (Estoy exagerando, claro... pensé que con una verborrea inteletualoide conquistaría sus corazones.)
Lo cierto es que atrás quedaron otros proyectos, otros relatos inconclusos, cinco, para ser precisos. ¿Tendrán mis dos últimos relatos la misma suerte? Es muy probable. A medida que avanzo se descontrolan, mis manos se mueven solas por el teclado, guiadas por un titiritero macabro y diabólico. Mis personajes, ni qué decir, hacen lo que quieren, me objetan, razonan conmigo, se burlan de mi supuesto conocimiento del curso de la historia. Así no se vale, yo quiero terminar mis historias, pero tengo que pelear hasta sangrar para conseguir un buen párrafo. Es una lástima esto que me pasa. Úrsula tampoco puede ayudarme; es más, me irrita que se haga la comprensiva conmigo y me hable con tanto afecto al verme claramente derrotado.
Le he mandado una carta a Rocío contándole estas cosas. No he querido llamarla, no es lo mismo. El teléfono falsea las voces, a partir de ahí todo se corrompe; en cambio, ¿quién no puede ser transparente por escrito? En la oficina de correos me dijeron que la carta demoraría tres días hasta Santiago. Ya han pasado dos semanas. Quizá la carta no ha llegado todavía o Rocío no quiere responderme. Debe seguir enojada conmigo por haber huido de regreso al Perú. La otra vez leí una entrevista que le hicieron para una revista literaria de México. Había una foto de ella con una enorme biblioteca de fondo. Estaba feliz. Y sus ojos no mentían: acababa de dar a luz a un libro.
Debo huir con Úrsula a alguna parte, lejos, muy lejos. Lima me está robando las ideas, todo es mugre y bulla, esto está bien para informarse y protestar, para un trabajo previo de observación y aprendizaje, pero no para escribir. Para mí, al menos, no. Me refiero a que yo necesito respirar otros aires más livianos para escribir con un poco de fluidez, para terminar estos relatos facinerosos que por lo común me desvelan.
Estoy haciendo las averiguaciones pertinentes, ya tengo dos opciones: San Pedro o Lurín. Se lo he hecho saber a Úrsula, y ella dice que da lo mismo, que en esos viajes lo único que me importa es escribir y conversar con gente desconocida, quizá ni vaya. Definitivamente –pienso– no da lo mismo como dice Úrsula: San Pedro suena a monasterio, a domingo de mañana, demasiado católico; Lurín es más bien un apellido amigable. Lurín será.
Son las once. Los gatos en la azotea empezaron a aparearse. Escucho hasta aquí sus gemidos calenturientos. Pocos animales aparecen en mis historias, debería incluirlos más seguido. El vecino, por ejemplo, cría gallos en su casa para las peleas. Úrsula quiere un pequinés, como si ella se responsabilizara por Mudito, nuestro conejo. Pobre Mudito, tiene pulgas, muchas pulgas, el pelaje se le está cayendo de tanto rascarse. Los gallos del vecino cantan a las cuatro de mañana y luego a las seis; durante el día, no obstante, enmudecen, seguramente duermen. Tengo un primo que canta como esos gallos, el talento lo ha sabido manejar y se ha vuelto reguetonero. Cuando nos vemos me saluda con cariño, me dice hermano, hermano en la lírica.
Maldita sea, tengo que dormir, mañana tengo que ir temprano a recoger a los padres de Úrsula al aeropuerto. El papá de Úrsula es un personaje de uno de mis relatos, el señor Alcántara, así le he puesto en la ficción al señor Rosales, y lo he implicado en la muerte del escritor de Chaclacayo como responsable de que se suicidara. Ojalá lo pueda meter a la cárcel, quiero decir al señor Alcántara. No te me escaparás esta vez, mañana iré a estudiarte, a mirar cómo frunces el ceño, cómo sonríes, cómo caminas, cómo hablas. Te haré muchas preguntas y después escribiré sobre ti, ya verás, ya verás...

Al corazón de María
Lima, 2012

6 comentarios:

  1. es una historia my divetida pero parece que vacia parece una cascara muy bonita pero cascara

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  2. me encantó, siempre te leo he pasado por tu blog hace algunos meses. saludos de argentina, escritor peruano.

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  3. buen relato, pero el final no termina por convencerme, parece incompleto..... la curiosidad del lector está insatisfecha no asi su emocion.

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  4. Silencio Intermedio28 de febrero de 2012, 20:04

    siempre es un placer enterarme de que has vuelto a subir tus relatos al blog, me encantan, son envolventes.

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  5. dejame decirte que la historia es bastante interesante. saludos, bro.

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  6. jajajaja que genial.... te leo de principio a din

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