12 de diciembre de 2010

Los hijos malvados


Recuerdo con mucha nostalgia a mi abuela Dolores. Mi abuela es bajita y rolliza, cabello plateado, cachetes redondos, nariz respingada con pecas y espinillas profundas. No tiene muchos dientes. Tiene unos ojos lindos que se han vuelto inútiles con el tiempo por un problema de las córneas –una enfermedad hereditaria que probablemente haya alcanzado a mi hermana menor–. Cojea, pero no usa bastón. Con la edad comenzaron a llegar más enfermedades, como la hipertensión, la migraña y la artrosis. Duerme en una habitación austera donde las paredes están sin tarrajear, los muebles de madera más bien parecen adornos frágiles porque han sido carcomidos por las polillas durante años y el colchón de su cama huele a orines por un problema de incontinencia que le cuesta mucho admitir, que todos conocemos.
Mi abuela es una persona mustia. Sin embargo, no es una persona solitaria porque vive con sus hijos. Sus hijos han cobrado una herencia anticipada quedándose a vivir con ella y construyendo los pisos segundo y tercero (heredando el aire). No todos sus hijos viven con ella, pero sí la mayoría...
Mi abuela Dolores tiene un talento impresionante para la cocina. Durante varios años, mi abuela ha sido afamada en el barrio por su sazón y muchos catadores de toda Lima han llegado a su casa para disfrutar de su gastronomía. Puedo dar fe de su buena sazón, alcancé a disfrutar de sus riquísimo guisado de pollo, su sequito con frejoles y su gallo entomatado. Y qué decir de sus postres que tantas tardes nos alegró el paladar, nos corrigió un mal día. Sin embargo, desde que ha perdido prácticamente toda la visión no puede cocinar. No puede pero lo sigue haciendo porque tiene que comer algo. Todos los días cocina para ella y para su esposo.
Mi abuela Dolores no tiene dinero, es pobre, muy pobre. Sus hijos no son muy pobres pero siempre están quejándose donde mi abuela Dolores de que les falta dinero. A veces mi abuela Dolores no tiene dinero ni para comprar pan y no les pide dinero porque sabe que sus hijos se pueden incomodar. Y se incomodan. A veces sus hijos se quejan de ella, dicen que la abuela es una terca y que no va a cambiar, que toda la vida está quejándose de su pierna y de su vista. Mi abuela Dolores es terca y no va a cambiar, y qué. Sus hijos olvidan, con admirable estupidez, que si bien no le dan un solo céntimo a su madre, siguen viviendo en la casa de ella.
Tal vez mis tíos quieren que descanse más rápido para quedarse de una vez con la casa y por eso la humillan todo el tiempo. Es una sospecha que no puedo desestimar en vista de la poca lástima que le tienen a su progenitora. Mis tíos han envejecido a mi abuela Dolores con macabra destreza. Por ejemplo, hace no muchos años atrás, le hacían lavar sus ropas y sus platos y le pagaban miserablemente cuatro o cinco soles que la abuela Dolores recibía con emoción. También le dejaban encargada a sus hijos (unos mocosos malcriados que se burlaban de ella y la afligían con sus travesuras). Algunos nietos le robaban su plata, la poca plata que conseguía lavando para sus padres; sino le robaban electricidad de forma clandestina para que la cuenta del servicio se sume para ella. Los más canallas le contaban todos sus problemas y mi abuela, hipertensa como es, caía enferma durante varios días. Para subsistir, mi abuela dolores, se veía obligada a vender en la calle o venderles a sus hijos algunos postres que todavía le salen medianamente bien.
Pero mi abuela Dolores ama a sus hijos a pesar de como son. No los critica por ser tan perversos ni por afligirla. A veces desea morirse porque no aguanta vivir enferma y sin esperanza de mejoría. Le gustaría volver a ver y leer de nuevo aquel libro que la entretuvo durante casi toda su vida (cuyas evocaciones la mantienen de cuando en cuando en estado de sosiego y apacibilidad), la Biblia.

5 comentarios:

  1. Todo da vueltas en la vida...

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  2. que crueldad de esos hijos.... una vision interesante que parece increible pero seguro pasa..

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  3. no pueden exister hijos tan malos..

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  4. esta entrada m do mucha penita q impotencia leer que sucedan esas cosas pero suceden

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